LA DEPRESIÓN: padecimiento de mil y una máscaras (HISTORIA REAL) – BeHappy Bloguera

Era una tarde fría, oscura, lluviosa. La calle desbordaba historias, tantas recorridas y algunas sin conocer.

Entre paredes grafiteadas y una línea de tren ya avejentada, encontré el lugar ideal, para escribir mi historia, aunque con ojos agachados y un tanto preocupados, ya estaba listo para aventurarme a contar mi memoria ya superada pero a veces olvidada.

Soy Guillermo, y les quiero relatar que aunque hoy, éste presente, ya me baña de dulzuras, gozos y risas, viví tiempos pasados maltratados, que me agotaron de tristezas, vacíos y soledad, que por poco y me empujan al abismo.

Dicen que actualmente a estas emociones en conjunto le llaman depresión, sin embargo, en un mundo donde dicha enfermedad se subestima y hasta sataniza son hasta 350 millones de personas alrededor del mundo quienes sufren esta dolencia según Lundbeck, compañía farmacéutica mundial especializada en el tratamiento de enfermedades del cerebro.

Bajo una pobreza extrema, mi dolor inició cuando apenas podía contar 5 primaveras, pues mis abuelitos, quienes habían sido mi sostén desde que prácticamente nací, ahora ya no estaban, habían fallecido, y pese a que yo me sentía querido y chineado únicamente por ellos, no me quedó otra opción que volver a un nido donde no era mío, a un pecho donde nunca fue mío, a unos brazos que nunca me pertenecieron, que nunca me regalaron ese amor de madre natural e indispensable.

Y llegué a vivir con ella junto a mis hermanos, pero constantemente mi corazón repetía: -Este no es tu lugar- .

Seguidamente, sentía un cúmulo de rareza, tristeza, soledad y mucho dolor, todo a la vez.

Para cuando tenía 7 años comencé a desarrollar un comportamiento de aislamiento, siempre fui el niño que tenía los “últimos lugares”.

En mi escuela, tantas veces fueron las preguntas en clases respondidas por mi voz interior pero sin coraje para levantar la mano y contestarlas ante mis compañeros, porque probablemente se iban a burlar de mí, o al menos eso pensaba.

Y ni hablar de mi “enemiga” la oscuridad, me escoltaba todas las noches hasta que mis ojos tenuemente fueran cerrando su curso.

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Mientras que los ataúdes, ni podían ser observados por mis ojos, porque de una sola entrada mi pánico y terror sucumbían mi firmeza. Lo mismo ocurría con los temblores, las alturas o hasta la soledad. Todo esto, con apenas 9 años.

Cuando mi madre debía irse, no lo toleraba. El horror eral tal, que corría para esconderme bajo sus enaguas, porque el miedo a quedarme solo hacía palpitar mi corazón a galope ardiente.

Pues sí, los miedos eran mis más fieles seguidores. Y si intentaba escapar, con más fuerza me seguían.

Quizá ese sea el motivo por el que mi grupo de amigos es tan escaso como los dedos de mi mano. Tal vez.

Números acumulados de resentimientos hacia mi madre fueron la compañía más frecuentada y eso, me partía el alma.

Inclusive, muchas veces, sentí placer al verla llorar.

A veces me preguntaba. ¿Por qué no estuvo conmigo cuando era más chiquillo y ahora debo vivir con ella?

Claro, ahora lo entiendo.

Con 27 años, inicié enteramente mi propio negocio. Pero tantas obligaciones me sofocaban de preocupaciones, cada vez un poco más. Y con ellas el insomnio absorbía mi total energía.

Rodeado de amigos, familiares, fiestas y paseos, el pecho insistentemente me recordaba un vacío, que ya nada lo llenaba.


El miedo al futuro, a lo que tenía, y tan solo pensar que podía perderlo de la noche a la mañana me hacía sorber de a poquitos la obsesión. Esto, solo fue como dicen popularmente: “la gota que derramó el vaso”.

Sin embargo, lo más interesante, es que a pesar de que mi cabeza era todo un revoltijo de emociones, no le contaba a nadie lo que sentía o vivía, siempre lo reservé para mí, y claro, también se debía a que desde niño era exageradamente tímido y acomplejado.

Pero, ya hoy no tenía la capacidad suficiente para externar lo que sucedía conmigo.

La ansiedad era también mi inseparable compañera de largas horas de lucha donde me decía, una y otra vez, casi penetrando mis oídos: -¡Mirá comé rápido, respirá rápido, caminá rápido, sentí rápido, en fin, viví rápido, veloz, que el mundo se acaba. 

Bien recuerdo, en alguna ocasión, iba en mi carro, manejando, y de pronto, sentía que me faltaba el aire y que estaba a punto de darme un infarto, quería, correr, gritar, llorar, dejar el carro botado, allí estaba, de nuevo, ahogándome en eso que le llaman crisis de pánico.

Pero claro, pasó el tiempo y llegaron esos minutos que luego se podían convertir en horas de ira, porque no iba a poder seguir ocultando lo que sentía para siempre. Parecía más una “olla de presión” a punto de quebrarse en pedazos.

Es decir. Imagínense.

Se caía una simple cuchara y me enojaba, se quebraba un plato y me enojaba.

Por eso, no era de esperarse también que cuando jugaba fútbol no me era posible practicarlo en paz porque a mis contrincantes los insultaba, maltrataba y hasta pateaba.

Mis pensamientos constantemente se inflaban de violencia mental, odios, enormes deseos de venganza visitaban a menudo mi cerebro. Y no lo podía controlar.

Eso sí, donde yo más mal me sentía era cuando esa clase de circunstancias se asomaban para volver mi realidad de cabeza en el hogar, junto a mi familia, porque luego me entristecía descomunalmente.

Sin olvidar la gran culpabilidad que afloraba en mis huesos.

Y por supuesto los comentarios no se hacían esperar, tal como me decía un amigo cercano, con voz seria y rígida: – ¡O cambiás ese carácter o vas a terminar en la cárcel o el cementerio!

Y de veras yo intentaba controlarme, sin más no lo lograba.

Pero si no era establemente feliz, debía tomar medidas alternativas porque me estaba ahorcando lentamente.

Me congregué un año en la religión y bastó para darme cuenta de que ese no era el mejor camino para mí. No volví.

Luego, un neurólogo fue quien creí era la solución por diversos años, y tampoco funcionó, las pastillas que me enviaba no calmaban mi dolor, solo lo “hacían dormir”, por unas cuantas horas.

Y esa desilusión de no hallar “la fórmula secreta” para ser dichosamente un mar de feliz me hizo combinar las pastillas con alcohol, lo cual no fue la mejor solución. Lo sé.

De hecho, la hora más crítica de mis días era cuando el sol se iba a descansar y la oscuridad me llegaba a enfrentar porque allí, justo en ese lapso, el desconsuelo era monumentalmente asfixiante.

Era como si te sacaran el corazón del pecho y lo pisotearan una y otra vez, sin pausa, lentamente.

Sin negar, que ese tormento del alma me llevó a distintas fugas de escape como el adulterio. Lo reconozco sin pelos en la lengua, sé que lastimé muchísimo a mis seres queridos, a mis hijos y ex esposa.

Y de todo esto, lo más frustrante, es que mientras perdía mi “esencia” y mi “yo” se desvanecía, no podía entender lo que me estaba pasando, era confuso, como cuando te dan un golpe en la cabeza, y el desconcierto se hace tan extenso que sentís que te carcome la vida, y así los días se vuelven terriblemente eternos.

Lo que sí sabía con gran certeza es que me era inmensamente difícil encontrarle la respuesta “racional” a los hechos o situaciones que se cruzaban en mis días, porque en ocasiones, no se las podía encontrar.

Y les soy honesto, a veces creo que ese “ego”, es decir, esa preocupación excesiva por mí mismo es lo que me tuvo así.

Con el tiempo, me di cuenta de que yo tenía una gran probabilidad de ser neurótico, porque sí, eso soy.

En fin, como les decía, yo nací con esa “sensibilidad” que me hace ser un tanto distinto de quienes me rodean, pero no es que esté mal, solo soy diferente.

Les cuento.

De todos, yo soy el hermano mayor, y cuando mi madre me fecundó era una mujer soltera y tenía diversos problemas, con quien fue mi padre en aquel entonces, y como ustedes saben, varias décadas atrás las “madres solteras” eran marginadas, rechazadas, y así fue la mía, la echaron de la casa.

Yo apenas era un feto en el vientre de mi madre y mientras iba creciendo fui absorbiendo esas energías que hoy me lastiman un poco.

Digo, es mi teoría y hay estudios que lo comprueban, pero es mi parecer, si bien no dejo de darle vueltas en mi cabeza de que todo depende de cómo estén las dos personas en el instante de la concepción para transmitir la parte emocional en ese momento al niño o niña.

Pero, devolviéndome al presente, confieso que mi problema fue callar tanto tiempo, porque lo escondí, lo disimulé, me vestí de máscaras tantos años que me acostumbré a vivir con ellas.

Por cierto. Leí que según datos previstos de la Organización Mundial de la Salud (OMS) la depresión podría convertirse en la primera causa de discapacidad para el 2030.

No puedo evitar pensar. ¿Qué estaremos haciendo mal para gestionarla? 

¡ESO SÍ QUE ME ATERRA!

 –>Acá te cuento mi historia si deseas conocerla. Dale click al video <<–

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